Inicio arrow Doce siglos de Historia
 
Oviedo Doce Siglos PDF Imprimir E-Mail

 

Doce siglos de Historia

Cruz de Pelayo o de la  Victoria
Cruz de la Victoria

En el siglo IV el Imperio romano se extiende por el amplio territorio sobre el cual se asentarán después, las sociedades políticas que hoy llamamos europeas.

 

El Imperio romano se hace cristiano con Constantino el Grande, deja de concebirse como un Imperio rodeado de bárbaros y pretende hacerse universal (católico), tratando de incorporar al nuevo orden a todos los demás pueblos de la Tierra que presionan sobre él y amenazan siempre con destruirlo. Se ha dividido en dos polos, Roma y Constantinopla.

 

Pero en el siglo V, los pueblos bárbaros del norte que lo rodean, atraviesan el Danubio y se infiltran en las provincias romanas descomponiendo el Imperio de Occidente. Las partes descompuestas de este Imperio se reorganizan como reinos sucesores: el reino de los francos en la Galia y el reino de los visigodos en Hispania, principalmente. El Imperio romano de Constantinopla, el Imperio Bizantino, se mantiene e incluso pretende recuperar, con Justiniano en el siglo VI, las provincias perdidas.

 

En los siglos VII y VIII, el Islam –una herejía del cristianismo católico, según la fórmula de San Juan Damasceno– ha heredado el imperialismo ecuménico cristiano y rodea por el sur al Imperio de Constantinopla y a los reinos sucesores de Roma. El Imperio bizantino resistirá durante siglos la presión del Islam, hasta que en 1453 los musulmanes entran en Constantinopla.

 

Los reinos de Occidente también serán invadidos por las oleadas musulmanas, que arrasan los reinos occidentales. Pero en Covadonga (722) y en Poitiers (732), el impulso musulmán podría ser frenado.

 

Este primer impulso de resistencia, en Covadonga y en Poitiers, se transformará en muy pocos años, y necesariamente si quería mantenerse, en un impulso de avance indefinido como único modo de detener la presión del Islam, de «recubrir» su Imperio con otro Imperio universal (y no de mera resistencia). El imperialismo surgido de estos reinos sucesores occidentales no está por tanto inspirado solamente por el imperialismo musulmán sino que tiene, el mismo, orígenes cristianos, católicos.

 

Gracias a esta transformación imperialista del primer impulso de resistencia el orden cristiano de Occidente podrá mantenerse frente al Islam siglos después del hundimiento del Imperio bizantino.

 

La primera constatación de este impulso imperialista y no de mera resistencia nos la ofrece ya la época de Alfonso I el Católico (vinculado familiarmente a Don Pelayo). Pero, sobre todo, cristaliza cuando Alfonso II, para reorganizar su reino, que se extiende ya a lo largo de toda la cordillera cantábrica, de Galicia hasta Navarra, traslada en el 812 la capital de su reino a Oviedo, como centro de operaciones de un reino que sabe que tiene que desbordar continuamente sus fronteras si quiere subsistir.

 

Oviedo será así refundado como ciudad imperial, émula del antiguo Toledo, que, a su vez, quiso emular a Constantinopla y a Roma. De este modo, podrá decirse que Alfonso II anima un proyecto imperialista paralelo al que Carlomagno anima en Francia. Carlomagno se extenderá por los actuales territorios de Bélgica y Alemania, masacrando, cuando fuera preciso, a pueblos enteros (lo que no fue obstáculo en el momento de ser elegido como emblema de la actual Europa). Carlomagno también quiere extender su Imperio hacia el Sur, por lo menos hasta el Ebro. Pero será detenido en Roncesvalles (en la batalla del año 808 y no en la del 778): las figuras de Roldán y de Bernardo del Carpio, sobrino de Alfonso II, simbolizan este enfrentamiento.

 

Alfonso II, desde Oviedo inicia el camino de Santiago y llega hasta Lisboa. El impulso del nuevo Imperio cristiano organizado desde Oviedo en el reinado de Alfonso II se mantiene en sus sucesores. Alfonso III el Magno asumirá ya el título de Imperator Totius Hispanie. Su reino desborda ampliamente el territorio asturiano: Alfonso III funda Burgos y llega en sus correrías hasta Algeciras. Por ello no es propio hablar, a partir de Alfonso II, de los «Reyes de Asturias» —que fueron los reyes originarios-, sino de los Reyes de Oviedo. Los reyes de Oviedo no sólo han frenado definitivamente el avance musulmán en Europa (si no hubiera sido por ellos gran parte de los europeos actuales –españoles, franceses, ingleses, alemanes o belgas— vestirían desde hace siglos chilabas y turbantes y adorarían a Alá), sino que han orientado la dirección de los otros reinos.

 

El impulso imperialista de los reyes de Oviedo y sucesores, que asumirá durante siglos la forma de una «reconquista» del reino de los visigodos, no se agota en tal forma. Pero la consolidación y crecimiento del nuevo reino exigirá, por razones estrictamente estratégicas, a la muerte de Alfonso III, en el 910, el traslado de la capitalidad del reino de Oviedo a León. Y aquí se formarán nuevos reinos cuyo origen está vinculado siempre a los primitivos, como puedan ser los reinos de Navarra, Castilla o Aragón (en cuyo reino se englobará después Cataluña).  Todos ellos coordinados en un proyecto imperialista implícito que culminará con la toma de Granada en 1492. Pero que no se detiene allí. El impulso imperialista que moldearon desde el principio los reyes de Oviedo no se identifica por tanto con el proyecto de la Reconquista, lo desborda. Los Reyes Católicos, si apoyaron a Colón, no fue tanto, o únicamente, para abrir un nuevo camino hacia Poniente que les llevase a China, al Japón o a la India, sino, sobre todo, para poder envolver a los musulmanes por la espalda, a los musulmanes que acababan de entrar por Constantinopla y se disponían a pasar el Danubio.

 

El Imperio español de los siglos XVI, XVII y XVIII es así una continuación o resultado del impulso imperialista inicial de los reyes de Oviedo. Un impulso que cobrará fuerzas al andar; por ejemplo, con Alfonso VIII en las Navas de Tolosa.

 

Por ello sólo podrá medirse el alcance y significación histórica de los reyes de Oviedo cuando se mantenga la percepción de la conexión entre aquel impulso, inicial pero ya plenamente cristalizado, y su resultado, España y la Hispanidad. Quien subestime el significado y alcance de España y de la comunidad de los pueblos hispánicos, tendrá que subestimar también el alcance y significado de los reyes de Oviedo, así como recíprocamente: solamente podrá ponderarse el significado histórico de los reyes de Oviedo cuando se perciba la conexión entre el proyecto imperialista ya iniciado por ellos y el Imperio español que realmente existió. El alcance y significado de un proceso histórico jamás podrá medirse circunscribiéndonos al análisis de la época en que se gestó ese proceso, sino incorporando a este análisis su posterioridad.

 

Image

 

 
< Anterior   Siguiente >

Promueven

Ayuntamiento de Oviedo
Fundación Gustavo Bueno

Sindicación

© 2010 Oviedo Doce Siglos