 Estatua de la Regenta a los pies de la catedral. En el siglo XIX Oviedo vive los cambios propios de la revolución industrial y la modernización de su paisaje urbano. Todos estas transformaciones, que trascienden el ámbito geográfico y se instalan en las costumbres sociales, fueron recogidas por Leopoldo Alas Clarín. Fiel testigo de estos cambios es el Magistral Don Fermín de Pas, personaje de La Regenta, que desde la torre de la catedral asiste a la metamorfosis de Oviedo.Leopoldo Alas Ureña, Clarín, describe en esta obra cumbre de la literatura universal, a Vetusta, «la heroica ciudad», su expansión urbana, su composición social, la moral, las costumbres y a los personajes que la habitan. El plano que Clarín traza de su Vetusta, concuerda con la ciudad modelo, Oviedo. Don Fermín de Pas es el personaje a través del cuál Clarín describe la ciudad, sus paseos y su estructura, sus virtudes y sus defectos. El verdadero amor de Don Fermín es Vetusta, eclipsado transitoriamente por la mujer del ex regente. Es Don Fermín quien abre la puerta de Vetusta, y quien nos conduce, primero a vista de pájaro por su fisonomía global, y más tarde a paso de sotana descubriendo una a una sus calles y costumbres. En el prólogo a La Regenta, Benito Pérez Galdós dice sobre el Magistral: «(…) la gran figura del Magistral D. Fermín de Pas, de una complexión estética formidable, pues en ella se sintetizan el poder fisiológico de un temperamento nacido para las pasiones y la dura armazón del celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y alma. D. Fermín es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teología que atesora en su espíritu acaba por resolvérsele en reservas mundanas y en transacciones con la realidad física y social. Si no fuera un abuso el descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, diría que Fermín de Pas es más que un clérigo, es el estado eclesiástico con sus grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen. Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban siempre por rendirse a la ley de la flaqueza, y lo único que a todos nos salva es la humildad de aspiraciones, el arte de poner límites discretos al camino de la imposible perfección, contentándonos con ser hombres en el menor grado posible de maldad, y dando por cerrado para siempre el ciclo de los santos. En medio de sus errores, Fermín de Pas despierta simpatía, como todo atleta a quien se ve luchando por sostener sobre sus espaldas un mundo de exorbitante y abrumadora pesadumbre. Hermosa es la pintura que Alas nos presenta de la juventud de su personaje, la tremenda lucha del coloso por la posición social, elegida erradamente en el terreno levítico, y con él hace gallarda pareja la vigorosa figura de su madre, modelada en arcilla grosera, con formas impresas a puñetazos. Las páginas en que esta mujer medio salvaje dirige a su cría por el camino de la posición con un cariño tan rudo como intenso y una voluntad feroz, son de las más bellas de la obra». Benito Pérez Galdós, Prólogo a La Regenta, Madrid, Enero de 1901.
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